Cisternas en El Manguito, San Antonio, Penonomé

La mojadera en el carnaval panameño, ayer y hoy

La mojadera de ayer

A principios de los años 70, recuerdo que la mojadera era un proceso personal. Durante los días de carnaval, desde la mañana, comenzaban las personas a mojarse. Era una actividad entre familiares, vecinos y amigos.

Las personas estaban vestidas con pantalones cortos y suéter, preparadas para recibir, en el momento menos pensado, una ración de agua procedente de cualquiera que estuviera dispuesto a celebrar la popular fiesta. El «agresor» festivo generalmente era del sexo opuesto.

Aunque podía ser simplemente agua, también podía estar mezclada con perfume o con un blanqueador de ropa que se vendía en forma de pastilla, de color azul, conocido popularmente como añil. En esos casos, la munición era de alto calibre.

La mojadera la recuerdo como una actividad de barrio donde la mayoría participaba. Los menos alegres se quedaban en casa. Para un niño, se convertía en el parque acuático de diversiones soñado. Yo estaba dispuesto a mojar a todas las chicas que estuvieran en el perímetro sin rastros de agua.

El dilema era que mojar también era una especie de cortejo. A mi corta edad, para mí era una diversión, pero para una chica mayor que yo, tenía otra motivación y yo no era parte de ellas.

La música no podía faltar; la diferencia radicaba en que procedía de alguna casa. De algún vecino dispuesto a amenizar con ritmos alegres la gran fiesta del pueblo. Las bebidas espirituosas no podían faltar: era algo que se compartía luego de comprarlas por medio de una colecta, principalmente entre los muchachos.

En la tarde, una murga —grupo musical compuesto por instrumentos de viento y percusión— pasaba por el barrio con sus tonadas alegres invitando a recorrer las calles del pueblo; ese era el momento en que solo quedábamos los pequeños. Los adultos partían siguiendo la música hacia un rumbo desconocido.

Era el momento en que, sentado en la acera con mi recipiente de agua —un envase de helado o un balde, este último con el riesgo de un regaño—, esperaba que alguna niña se uniera para terminar con mi soledad. Siempre ocurría: era el instante en que los niños del barrio nos apropiábamos de la calle.

La mojadera de hoy

No puedo evitar las comparaciones cuando estoy a la espera de que me caigan algunas gotas de agua en lo que se conoce como «culeco», nombre que recibe actualmente la mojadera en Panamá y que se ha convertido en una tradición.

Mojar en carnavales ya no es una actividad cara a cara. Ahora se convoca a los que estén dispuestos a celebrar a lugares específicos para mojarse. El agua la reciben de carros cisternas con líquido suficiente para una actividad de varias horas.

Un DJ, por medio de una discoteca móvil, es el encargado de amenizar la fiesta. Aunque en algunos lugares, principalmente del interior del país, la murga sigue siendo la encargada de inyectar de alegría musical al pueblo que celebra.

Fue a inicios de la década del 80 cuando se transformó la mojadera en culeco. En una entrevista, Pedro Altamiranda —profesional de la publicidad y celebridad panameña conocido por sus canciones populares de carnaval— mencionó que a la agencia publicitaria donde trabajaba se le ocurrió, como campaña para una marca cervecera, usar un cisterna para la mojadera. La idea facilitó la participación de la gente, aunque, quizás sin intención, cambió la dinámica de lo que fue el carnaval en todo el territorio nacional.

Hoy grito «¡agua!», en espera de que me caiga en algún momento un chorro refrescante mientras, en compañía de familia y amigos, intento disfrutar de la alegría colectiva que es un carnaval en Panamá.

Los niños, con sus pistolas de agua, son los que me recuerdan la mojadera del Panamá de ayer.

*Foto de portada: Cisterna en El Manguito, San Antonio, Penonomé.

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